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Noviembre dulce. Buñuelos de viento

Época sefardí, allá por el siglo X los judíos, que habitaban en la Península Ibérica, preparaban para la Festividad de la Janucá judía unos bollos de masa frita a la que se denominaba Binuelos. Es más tarde cuando la tradición cristiana los hereda para su festividad de Todos los Santos.

Por otro lado, la sociedad morisca dice tener el privilegio de ser los vendedores de estos dulces. Gente de medios humildes que habitaban los territorios del sur y ocupaban puestos de trabajo de baja categoría los ofrecían como manjar en ferias y fiestas. Posteriormente, los gitanos adoptarían esta especialidad tras la expulsión morisca perpetuada hasta la actualidad.

Sin embargo, Sevilla y Granada dicen poseer el secreto especial, pues los buñuelos fritos en aceite y cubierto de miel eran el postre típico por excelencia mucho antes de la invasión.

Mi abuela siempre los llamaba “caragirats” (cara girada) por su elaboración. Rellenos de crema, nata o chocolate hace este comienzo de mes un Noviembre Dulce, muy Dulce. Junto a la terminación “illo”, buñuelillo, se hace referencia al tamaño y la coletilla “de viento” hace referencia a su masa especialmente esponjosa, como si estuvieran vacíos por dentro.

Tamizada la harina y el gasificante se deja reposar. En el fuego ponemos el agua, la leche, el azúcar, la sal y la mantequilla. Una vez que dé un hervor, dejamos un par de minutos y añadimos de golpe la harina con el gasificante. Utilizamos una cuchara de madera para remover hasta conseguir una bola de masa lisa y brillante, pudiéndose despegar de los bordes del cazo. Muchas abuelas dicen que es fundamental que la bola de masa quede sin grumos y lo más seca posible, pues de esto dependerá la ligereza de los buñuelos.



Añadimos huevos caseros, uno a uno, de manera que no añadimos el segundo hasta que la masa absorba totalmente al primero. La paciencia es el ingrediente fundamental de esta deleitosa confitura, ya que cuesta un poco que la masa absorba los huevos rápidamente. Nos debe quedar una masa normal, ni demasiado floja, ni tampoco muy dura.

Es el momento de hacer los buñuelos, han de cocerse por dentro y darles tiempo a que se hinchen y se vuelvan un poco huecos y ligeros, por tanto, el aceite abundante preparado en la sartén no debe estar muy caliente. Con una cucharadita y ayudándonos de nuestro dedo o de otro utensilio, vamos cogiendo bolas pequeñas de masa y las depositamos en el aceite. Es conveniente que no se rellene mucho la sartén en exceso ya que el dulce tiene que tener su espacio para poder crecer y “bailar. Van creciendo y, generalmente, se dan la vuelta ellos solos (de ahí su nombre de “cara girada”) siguiendo con la paciencia como principal aliado ya que tardan un poco en hacerse. Hay que retirarlos sobre papel absorbente una vez que se empiecen a dorar.

Cuando estén fríos, añadiremos nata, crema pastelera o chocolate, según el paladar o, si  preferimos dejarlos huecos, los podemos cubrir con azúcar blanquilla y canela.

Y es que ya nos lo decía Fernando Point, el maestro de los cocineros franceses: “Una comida sin postres es como un traje sin corbata.”

Y sin más dilación, que disfruten de este delicioso y exquisito bombón.



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