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El triste amor de Mario “El Espino”

Cuenta la leyenda que Mario “El Espino” era un joven solitario que paseaba por los campos de Alburquerque. El origen de su apodo le viene por un antepasado suyo, que cayó sobre una chumbera y durante toda su vida se quejó de las púas que tuvo clavadas en su cuerpo. Al joven le tacharon por defiente mental, aunque el único retraso que podría tener era ser analfabeto.

Un día, Mario conoció a Carmen, una joven que comenzó a ser su acompañante en sus paseos. Cada tarde iban a la alberca para sentarse junto al potril de un pozo, al que Mario se acercaba con cuidado ya que cuando era pequeño pudo morir ahogado.

La pareja sólo se besó una vez pero los celos de Blas, padre de Carmen, y de los vecinos de Alburquerque, hicieron que la joven dejara de ver a Mario.



A pesar de ello, Carmen seguía viéndose con él, por lo que su padre la mandó a casa de unos familiares de Madrid, con la idea de que el tiempo y la distancia borraría el amor que sentía por Mario.

Aprovechando el día de la Romería, cuando todos los vecinos de la localidad no estaban allí, Blas esperó al joven en la alberca. Mario llegó y sin decir nada, se sentó junto al pozo. Blas le miró y le empujó, de tal manera que el Mario cayó al fondo del pozo y antes de hundirse pudo decir algunas palabras: “¡Ese cardo de ahí será testigo de mi muerte!”.



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